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Sombras de Galette, Marzo de 1911.

 El Moulin de la Galette era un hervidero de risas forzadas y música que intentaba ahogar el cansancio de la jornada. Jean estaba sentado en un rincón, lejos de la pista de baile donde Alain reía ruidosamente con una copa en la mano. El calor humano y el humo de las pipas se le antojaban insoportables; él, un hombre acostumbrado a la amplitud de la campiña, sentía que las paredes del cabaret se cerraban sobre él como una prensa hidráulica. Sacó la carta que había recibido hacía apenas unas horas. El retraso del cartero le había causado una bilis amarga, una sensación de desorden que solo se calmaba al leer las palabras de Éloïse. Se imaginó el frasco de Le Rose de Houbigant en el tocador de porcelana de ella, un lujo que contrastaba con el olor a sudor y absenta del lugar. Con la espalda apoyada en la madera rugosa, comenzó a escribir, ignorando el bullicio: Mouline de la Galette, 6 de marzo de 1911 He recibido tu carta del mes pasado. Me alegro que hayas comprado esa colonia (Le R...

Las Calles de Humo y Butte, Montmartre, febrero de 1911

 Montmartre no dormía, rugía. El aire en la colina de la Butte no tenía la transparencia de los campos de Reims; olía a carbón quemado, a tabaco barato y a ese aroma metálico que Jean conocía tan bien, pero que aquí se sentía sucio, sin el propósito de la labranza. Se abrió paso entre la multitud, sintiendo que sus hombros, anchos por el trabajo rudo, estorbaban en las calles estrechas. Al caer la tarde, se sentó en una pequeña mesa de madera coja, sacó sus bártulos de escritura y, con el eco del mercado aún en los oídos, se refugió en la única persona que le devolvía el centro. Montmartre, 20 de febrero de 1911 Mi amada Eloise, ya he llegado a Montmartre aquí el clima es un poco más cálido, el aire, sin duda no es tan puro como el lugar de donde nos conocimos. Los días son más cortos apretados sin tiempo para dar siquiera los buenos días. He llegado por la tarde, y he ido al mercado en Butte y he comprado algo de fruta para el desayuno del día siguiente me pregunto si a estas desh...

El Latido de la Herrumbre, París 19 de febrero, 1911

El estrépito de la estación de tren se fue diluyendo hasta convertirse en un eco sordo. Jean estaba sentado en un banco de madera astillada, dentro de un vagón de tercera clase que olía a tabaco rancio y a metal frío. El telegrama, arrugado en su bolsillo, había sido el detonante de su partida hacia Montmartre, pero su mente se negaba a abandonar el andén donde se habían despedido. Con los dedos aún torpes por la mezcla de frío y adrenalina, sacó un pliego de papel y comenzó a escribir. La pluma rascaba la superficie mientras el tren cobraba velocidad, balanceándose con una violencia que Jean apenas notaba, absorto en la imagen de ella bajo el cielo plomizo de París. Pigalle, París. 19 de febrero de 1911 Mi dulce Eloise, No tiene mucho que he recibido el telegrama que solicita mi presencia en Montmartre… pero ya comienzo a escribirte para que esté tedioso viaje en tren pase lo más pronto posible.. quizá al bajar sienta el cuerpo apesadumbrado, cansado.. me he de aprovechar para escribi...

El papiro ajado (E)

​ I ¡Ay de la pupila de obsidiana que no me mira! Se apaga el reino efímero de besos y de tardes, mientras el tiempo, galopando, hacia el olvido gira, y en el "duro saber" de ser mortal, mi pecho arde. Soy el hombre desnudo ante el umbral del misterio, un náufrago que busca en tu sed su propio imperio. II Lloro la hora vacía que en mis manos se deshace, nidos hambrientos que esperan tu tacto soberano. ¡Qué silencio de mármol en tu boca renace! ¡Qué distancia de siglos entre tu mano y mi mano! Contemplo tu figura como a una estatua herida, viendo cómo desangra la verdad de nuestra vida. III ¡Oh, verdugo y redentora! ¡Oh, tinta de mi suerte! Soy el papel arrugado, el papiro del quebranto, que se humedece en tu esencia y se seca en la muerte. Dime: ¿de qué sirve el oro si solo cubre el llanto? Si Sísifo viera el amarillo de mi piedra y mi castigo, sabría que la gloria era tan solo estar contigo. IV Ya no orbites como un astro de luz indiferente, colisiona ...

​Soneto del caos amado

Mírame, que soy sombra en tu presente, un ignorante al borde de la vida; toma mi sed, la fuente ya encendida, nómbrame, al fin, de mi existir la fuente. Tú eres la tinta, el papiro mi frente, la estampa de una entrega consentida; cose esta alma, rota y dividida, y haz que el olvido sea un sol ausente. Ya Sísifo hallaría en tu mirada un oro más constante que su pena, si fueses tú mi única jornada. No orbitarás la noche que nos llena: quedando en mí, la angustia será nada y al fin el mundo soltará la cadena.

La torre nubosa, diario del caballero.

​ Se me ha encomendado la guardia de un feudo que no figura en los mapas del reino. Mi soberana, envuelta en un oscurantismo de seda  y secretos, me ha entregado un pliego de condiciones que huelen a una esperanza impía, a una promesa de victoria que nunca termina de descender de las almenas. Mi misión es clara: custodiar su suelo, ser el escudo que recibe los impactos de una guerra que ella jura haber terminado, mientras sus ojos, distantes y oníricos, siguen buscando en el horizonte el estandarte de aquel invasor que  desoló sus tierras antaño. Soy el caballero de una fantasía administrativa, la imaginación perversa de un niño pequeño. Se me permite besar la mano que firma mi postergación y cuidar los muros de una ciudad que se me prohíbe habitar a la luz del día. Es un nihilismo de armadura y ceniza: saber que mi espada sirve para defender su paz, pero que mi nombre es un susurro prohibido en su corte oficial. mi alteza me dice que me ha elegido como caballero, pero me colo...

Paréntesis

​ Habito el revés de las cosas, allí donde el ojo no llega y la luz se rinde. No hay registros de mi estancia, ni huellas dactilares; soy apenas la forma mansa de estar en el espacio que sobra entre dos ruidos. Soy la tregua de un incendio que no me pertenece, el vendaje que se usa por costumbre y por alivio, mientras el viento sopla en una dirección que mis manos no alcanzan a señalar. Es extraño este oficio de ser puente: sostener el peso de un paso que no se queda, ser el eco de una pregunta que siempre termina nombrando otros paisajes, aunque sea mi campo el que reciba el impacto. Me quedo en el margen, como una nota al pie, siendo la estructura que sostiene el techo mientras otros diseñan el cielo. Es un vértigo gris, este de no ser el viento, sino el árbol que se agita solo para confirmar que el viento existe. Un simulacro de orilla donde el agua descansa, pero no echa raíces. Una geometría de sombras donde el sueño es solo un dibujo hecho en la arena mientras la marea, inevitabl...